Del palacio de Bellevue a las Brujas de Cachiche. Mirando el Perú en el espejo de la renuncia de Christian Wulff a la presidencia alemana

Los esposos Wulff estaban en Omán cuando se desató el escándalo. Fuente: spiegel.de

El presidente de Alemania, Christian Wulff, acaba de renunciar a su cargo por un escándalo de corrupción.  (No confundir Presidente con Canciller, el jefe de gobierno, cargo de Angela Merkel;  el presidente tiene un carácter básicamente representativo, aunque tiene cierto poder efectivo en momentos de crisis).  Se trata de un caso que fue expuesto por los medios alemanes a fines del año pasado, con respecto a un préstamo que había recibido de la esposa de un acaudalado empresario.

La caída de Wulff

El caso es realmente delicioso:  Wulff y su esposa viajaron a Florida en la navidad de 2009 a pasarla con sus amigos, el empresario Egon Geerkens y su esposa.  Pero los viajeros aceptaron que Air Berlin les haga un upgrade, de clase económica a clase ejecutiva, que, vamos, es el deseo de cualquier viajante transoceánico.  Eso desató un escándalo en la Baja Sajonia, donde Wulff era el gobernador por entonces:  ¿a cambio de qué una compañía privada le hace un regalo a una alta autoridad? era la pregunta que flotaba en la opinión pública local.  Wulff dijo, volviendo de sus vacaciones, que cometió un error y pagó la diferencia del upgrade (unos tres mil euros).  Pero el escándalo no quedó allí, pues la misma pregunta se la hicieron los parlamentarios regionales de oposición, aunque estos agregaron el elemento de qué negocios con tendría con Geerkens.  La respuesta de Wulff fue que, en los últimos diez años, no había tenido ningún vínculo financiero ni con AirBerlin, sus directivos, ni tampoco con Geerkens.  Eso fue en febrero de 2010.  Poco después Wulff, promovido por Angela Merkel, fue elegido presidente de Alemania luego de unas elecciones sumamente complicadas en el Parlamento.  El caso quedó ahí.

Hasta que un diario encontró que Geerkens le había hecho un préstamo de 500 mil euros al presidente en 2008.  Claro, no era Egon, sino su esposa, quien figuraba en el acuerdo privado.  Wulff había mentido;  o más bien, como diríamos acá, se pasó de pendejo, porque en rigor no mintió:  en la respuesta que había dado al Parlamento de Baja Sajonia señaló que no tuvo nada que ver con ninguno de los involucrados en la pregunta que le hicieron, y la esposa de Geerkens no estaba entre ellos.  Pendejazo.  (Para los lectores ajenos al Perú, aquí se pueden dar una idea del significado.)

El jueves pasado, el procurador que investigaba el caso anunció que había pedido al Parlamento alemán el levantamiento de la inmunidad de Wulff, debido a que, según señaló, había encontrado indicios de tráfico de influencias, lo cual apuró la caída del presidente.

De Bellevue a Cachiche

Recientemente se publicó el Eurobarómetro Especial #374, enfocado en corrupción.  Veamos algunos datos interesantes sobre los alemanes que, a pesar de que fueron recogidos antes del escándalo (setiembre 2011 fue el campo, según se indica), vienen a cuento:

  • 57% de alemanes está totalmente de acuerdo con que la corrupción es uno de los principales problemas de su país.  En un extremo están los griegos (98%) y en el otro los daneses (19%).
  • 70% está totalmente de acuerdo en que hay corrupción en las instituciones nacionales.  Nuevamente los griegos (99%) y los daneses (25%) marcan los extremos del rango.
  • En general, los europeos no se sienten directamente afectados por la corrupción en su vida diaria:  8% es el promedio en la Unión de personas que aceptan que en el último año les pidieron pagar un soborno.  En Alemania, el porcentaje se reduce a 5%.  Los extremos del rango lo constituyen los holandeses (1%) y los rumanos (31%).
  • Por otro lado, 44% de alemanes cree que la corrupción está ampliamente extendida entre los políticos (funcionarios, autoridades elegidas) del nivel nacional de gobierno.  Los más críticos son los eslovenos (83%), mientras que los holandeses (27%) son los menos críticos.
  • La mitad de alemanes (50%) está totalmente de acuerdo en que la corrupción es parte de la forma de hacer negocios en su país.  En este caso, otro país mediterráneo, Chipre (90%), está en un extremo, mientras que los daneses (21%) se ubican en el otro.
  • Cerca de la mitad de alemanes (47%) considera que el estrecho vínculo entre negocios y política es la principal razón por la cual la corrupción se reproduce en su país.  Otras razones consideradas son que el dinero público no se gasta de forma transparente (36%) y que los nombramientos en el sector público no se realizan en función del mérito (28%).

Palacio de Bellevue, vista lateral desde la otra orilla del Spree. La foto es mía

Para los alemanes la corrupción es vista como un problema serio, pero no a nivel de la vida cotidiana, sino de las grandes esferas de poder, particularmente de poder económico.  De verdad que me llama mucho la atención que los números parecieran repetirse con el caso peruano.  Según la 6ta Encuesta Nacional sobre Corrupción de Proética, los peruanos también consideran que la corrupción es un problema muy grave (51% cree que es el principal problema del país;  56% que es el principal problema del Estado), que los poderosos en el ámbito político, principalmente, pero también empresarial, son los principales responsables de que se reproduzca la corrupción;  y la tasa de victimización es relativamente baja (sin embargo, la encuesta LAPOP muestra un grado de victimización notoriamente mayor:  32%, el mayor de la región después de México y Bolivia – ¿cómo entender esa discrepancia en los datos?).  Además, aún cuando se presenta esa acidez para criticar la corrupción, se tolera notoriamente actos cotidianos de transgresión o pendejadas menores, así como corrupción menuda que puede facilitarle la vida al ciudadano cuando se trata de enfrentar la burocracia.

En dos palabras, tanto en Alemania como aquí, el problema de la corrupción, en términos generales, es de los poderosos, no mío (la diferencia principal sería la victimización aquí, atendiendo al dato de LAPOP).  Interesantes similitudes, ¿pero por qué el presidente alemán renuncia a su cargo por un escándalo más bien menor (500 mil euros), mientras que el vicepresidente peruano, Omar Chehade, solo lo hace al transar políticamente por un escándalo de tráfico de influencias?

Tomado de EP turismo y viajes

La cuestión es simple.  No basta quedarse en las similitudes, por más interesantes que sean, en términos de opinión pública.  Por supuesto que muchos otros elementos más convergen.  La solidez del sistema de justicia puede ser el primero al plantearse la comparación:  al anunciarse que los primeros indicios habían sido hallados, Wulff puede haber sentido que en realidad se le vino la noche.  No significa que nuestro sistema de justicia no haya dado resultados (el propio Fujimori enfrenta una condena firme por corrupción), sino que el resultado es más incierto aquí (los mecanismos de investigación todavía son precarios y la corrupción en el sistema mismo todavía está extendida).  De otro lado está la dinámica política:  en el Parlamento se tendría que decidir la suerte de Wulff, y considerando lo difícil de su elección (hubo tres vueltas hasta que ganó muy ajustadamente), la sensación de que iría a una batalla perdida podría haberlo acompañado.  Mientras que aquí ya sabemos lo que pasó en la Comisión Permanente cuando se votó la acusación contra Chehade.  Además, Alemania está en una situación muy delicada tomando decisiones en el umbral de la crisis europea, y el costo político de mantener apoyando al presidente podría ser muy desgastante.  Con respecto a Chehade, el gobierno peruano pareciera haber quedado satisfecho con el famoso tuit de Nadine Heredia y con una jalada de orejas del presidente Humala.

¿Cuánto falta para tener un sistema de integridad pública como el de Alemania u otros países?  Aún sin ser perfectos y aún cuando sus ciudadanos son muy críticos contra ellos, ciertamente son más efectivos que el peruano.  ¿Cuánto y qué falta para que un caso menor sea motivo de vergüenza para nuestras autoridades?  Aquí si la sobrevaloración de un colegio emblemático roza el 150% (y hablamos de varios millones de soles), los responsables lo minimizan.

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